Música,  Sociedad

Son de Madera

Toca el turno al disco-joya que descubrí hace un tiempo gracias a un programa en la estación cultural de Guadalajara (XEJB). De repente prendí el radio y se oía un deslumbrante solo de requinto de tipo así como que jarocho, pero bastante especial, por fino, por extenso, por elegante: Son de madera.

Son de madera

Resulta que era de un —para mí desconocido— grupo llamado “Son de madera”, del que los comentaristas dijeron que cultivaba un tipo de “rasgueo” de guitarra nada común, proveniente de otras latitudes.

Como me gustó, decidí buscar el disco, pero la tarea no fue tan fácil. Al fin compré uno: llamado “Las orquestas del día”, pero no traía la pieza aquélla, por lo que luego de oír sólo pedacitos lo guardé y me olvidé de él. Luego conseguí el otro, una maravilla de la cual algún otro día (puf) hablaré, porque después redescubrí éste y no resisto el deseo de compartirlo, ni modo.

“Las orquestas del día” es un largo recital grabado nada menos que en una gira creo que por Chicago, y el disco está producido con pequeñas notas en inglés por la etiqueta “Music for the world”. Trae la dirección www.sondemadera.com, una página de Internet muy interesante e informativa.

¡Desde Jalapa, Veracruz: el Son de maderaaa!

Comencemos pues con este escandalosamente hermoso disco, compuesto por 15 pistas. Calma, calma, en la primera sólo se oye la voz del presentador: “¡Desde Jalapa, Veracruz: el Son de maderaaa!”

Las dos primeras piezas son sones en modo tradicional (“El pájaro Cú” y “Los Julies”), bonitos, bien tocados, pero realmente nada del otro mundo, aunque sí como que las guitarras se oyen muy pero muy bien tocadas.

Luego llega el quiebre: la pista 4 (“La lucha”) es un corto verso medio cantado, medio recitado, con una sola voz femenina a capela, que resulta casi hipnótica y, sobre todo, inesperada. Sólo dura un minuto, y al final es seguido por, ¡nada menos!, un clavecín, que inaugura la pista 5 (“La marea”). Allí sí las cosas toman otro rumbo: clavecín, bajo, violín y guitarras más requinto y voz jarocha. ¿¡Pero cómo!? Pues sí, resulta que nuestros músicos extraordinarios son verdaderos investigadores y estudiosos de las tradiciones artísticas y culturales: ocurre que el son jarocho tiene raíces en la música negra del caribe, que a su vez recibió influencias de la música de los conquistadores europeos, y todos esos elementos —junto con sus instrumentos musicales— son retomados por este grupo excepcional.

El requinto Jarocho

Al llegar a la pista 6 (“La fantasía de Santiago”) las cosas ya se pusieron definitivamente en tal extremo de belleza, creatividad, poesía y encanto que uno queda desbordado: son seis minutos de un recorrido como pocas veces he escuchado. Con la calentura del momento —pero se repite cada vez que la escucho—, hasta estoy dispuesto a considerar esta pieza como algo comparable con las más exquisitas sonatas de Bach, pa’cabar pronto. Comienza en modo digamos jarocho, pero pronto ingresa a zonas de contrapunto, voz de poeta trovadora de la edad media, regreso al son y al requinto jarocho pero acompañado por violines en modo clásico, para desembocar en una recitación-canción de tal belleza que me recordó una melodía ensoñadora incluida por Handel en una de sus cantatas (“Salomón”). Todo eso. Puedo oír esta pieza muchas —demasiadas— veces seguidas sin cansarme. A final de cuentas esa es la maravilla de la música, ¿no?: se convierte en aliada de uno.

Las sorpresa continúan, porque la pista 7 es ¡una especie de rap jarocho!, con una voz de hombre que durante 20 segundos pregunta insistentemente “¿Por qué ando todavía callejero?”, acompañada por una guitarrita. Uno no sabe qué hacer.

La pista 8 (“Los chiles verdes”) no tiene nada que ver con chiles verdes, pues inicia con una poética lamentación acerca de la muerte, enunciada por esa voz femenina entre nasal y gutural que caracteriza al grupo. Sí en efecto parece un son jarocho —con el típico arreglo de versos en modo A B B A— aunque enmarcado por algo que suena como violoncello, y violín, y guitarra, y bajo, y clavecín. Luego progresa y comienza en ratitos a parecerse a la música minimalista del compositor norteamericano Philip Glass, pero qué barbaridad.

El rasgueado

Llega el turno de “El butaquito”, una corta pieza que comienza con un fandango en rasgueos de guitarra dentro de la más pura tradición de la música barroca mexicana, aunque con voz de son jarocho. Pienso en un disco llamado “La guitarra en el México barroco”, tocado por la guitarrista francesa Isabelle Villey. En las notas de ese disco (Difusión cultural UNAM) leo: “Investigaciones recientes demuestran que en la música de Veracruz se han conservado vivas muchas de las prácticas instrumentales del barroco, especialmente el uso del rasgueado, y asimismo se han mantenido en uso muchos de los instrumentos de la época de [Santiago de] Murcia [(ca. 1682)]”.

Este asunto es algo serio, sin duda.

La pista 10 nos regala “El cascabel”, un son jarocho en toda línea, con esa extraña voz femenina (que, entre paréntesis, distingue al disco que mencioné al inicio de la nota, del que en algún futuro hablaré, si es que, puf), y rasgueado por el bajo y las guitarras, con ocasionales contrapuntos de requinto. Además, pareciera que los versos poéticos —casi existencialistas— son de la cosecha de estos músicos excepcionales. El disco no está precisamente muy bien grabado, lástima, y los bajos se oyen demasiado fuertes; a continuación sabremos por qué.

La explicación llega en la siguiente pista, “En pocas palabras”, un breve discurso de apología de la música: se oye en vivo, en un festival o algo así, no en un estudio.

“La bamba” —pista 12— dura cuatro minutos, pero en ratos tiene letra un tanto diferente a la tradicional, y otra vez esa peculiar voz femenina que insiste en la poesía.

“La lloracita” es entre tradicional y novedosa, con esos limitados versos en espejo pero también con una instrumentación puntuada por el requinto y acompañada por violines.

“Jarana de Godo” son 26 segundos de regreso al modo de guitarra barroca, como para que no se nos vaya a olvidar.

El viaje termina con “Aguanieves con zapateado”, una larga pieza de diez minutos que inicia con una especie de paisaje musical completamente armónico, poético, hermoso, para rápidamente ceder su lugar a los sones jarochos, en ratos marcados por esa voz femenina tan especial y ahora entrañable (“con tanta luz en la voz” nos dice; y sí).

Aquí tenemos definitivamente un disco para enorgullecer a cualquier amante de este país, y una vez asimilada la emoción, la expresión y la pasión, no queda sino agradecer la existencia de tan virtuosos músicos y dedicadísimos artistas.

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