Cine,  Sociedad

Al Filo del Mañana

…el buen manejo de la repetición del tiempo y la idea de la redención como guía no anticipada resultan en una cinta de acción y efectos especiales con bastante más que acción y efectos especiales…

Al filo del mañana

Por allí tenía medio arrumbado un DVD de la película “Al filo del mañana”, con el imbatible Tom Cruise, y pensé que no perdería nada con finalmente verla, suponiendo que —como casi todas las de él— sería básicamente una película más, aunque algunas sí más que se salvan y perduran en la memoria, como “Colateral”, de Michael Mann (2004), por ejemplo.

Aquí nuestro héroe, por supuesto, salvará al mundo de los “alienígenas”, porque es una trama de ciencia ficción. Bueno. Los primeros 20 minutos son acorde a lo previsto, pero de repente se pone harto interesante pues sin aviso previo el asunto se convierte en una combinación de la fascinante película “El día de la marmota” (Groundhog Day) de Harold Ramis (1993) —donde Bill Murray hace el papel de un tipo mediocrón a quien el destino convierte, a fuerza de repeticiones, en un héroe para sí mismo y para los demás— y de la maravillosa “12 Monos” de Terry Gilliam (1995), y hasta con algunas reminiscencias de otra de las grandes: Blade Runner, de Ridley Scott (1982).

Pues sí, esta película de 2014 dirigida por el para mí casi desconocido Doug Liman —que en 2002 hizo la pasable “El caso Bourne” (The Bourne Identity)— resultó todo un hallazgo y una joyita de lo que denomino “cine industrial”, diseñado para vender, ganar dinero y entretener (nada de malo hay necesariamente en todo eso, por cierto). Esta “fábrica de ilusiones” ha jugado un papel preponderante en el virtual avasallamiento de la cultura occidental (léase de los Estados Unidos) sobre la especie humana, y no resulta casual que una de las condiciones del Plan Marshall que EEUU lanzó para la reconstrucción de Europa luego de la 2ª Guerra Mundial haya sido mantener la primacía de su industria cinematográfica por encima de las producciones locales, para así reforzar la “doctrina del mundo libre”.

Para lograr esa gigantesca potencia cultural masificadora, el cine industrial requiere de todo un sustento financiero, porque muchas de las grandes producciones se equiparan en monto y complejidad con, por ejemplo, la construcción de mega edificios o proyectos similares. “Apollo 13”, de Ron Howard (1995) costó 52 millones de dólares; “Salvar al soldado Ryan”, de Steven Spielberg (1998) se llevó 70 millones; “Náufrago” (Cast Away), de Robert Zemeckis (2000) tomó 90 millones, por sólo mencionar tres películas con Tom Hanks.

Las de Tom Cruise como actor también son equiparables: La primera película de la serie “Misión imposible”, dirigida por Brian de Palma en 1996 costó 80 millones de dólares; la sexta de la saga, “Misión Imposible: Fallout”, de Christopher McQuarrie (2018) costó 178 millones, y la producción de ésta igualmente requirió de 178 millones, pero tal esfuerzo financiero hasta la fecha le ha redituado más de 370 millones de dólares.

Las mega producciones del cine industrial suelen requerir muchos meses de planeación y otros tantos de filmación y posproducción. “Al filo del mañana” está basada en una novela de Hiroshi Sakurazaka (“All You Need Is Kill”), inspirada en los videojuegos y en las historietas gráficas japonesas (‘manga’). Para sus luchas contra los invasores
extraterrestres, los actores, la actriz principal y los extras llevan unos “exo-esqueletos”, trajes que resultaron pesadísimos (más de 40 kilos), por lo que además el asunto demandó semanas dedicadas a la preparación física y la coreografía de las luchas, así como una enorme cantidad de efectos especiales. Los créditos al final de la película — que ya casi nadie ve, pero siguen resultando interesantísimos porque en realidad son una radiografía de la producción— muestran más de muchas decenas de nombres de diseñadores, programadores, operadores gráficos y auxiliares. El director mexicano Guillermo del Toro, famoso por sus monstruos, participó inicialmente en la creación de las armaduras, aunque finalmente sus diseños no se llegaron a emplear.

Aunque esta no es una película de arte, ni tiene la profundidad filosófica de “La llegada” (Arrival) de Denis Villeneuve (2016), o de Blade Runner —para no hablar de la sublime “2001: Odisea del espacio” (1968), de Stanley Kubrick, incomparable referente no sólo de la ciencia ficción o el cine de arte, sino de la cinematografía mundial— tampoco podría considerarse como ligera, tonta o intrascendente, como suele ser el caso de muchísimas otras.

Más aún, el buen manejo de la repetición del tiempo y la idea de la redención como guía no anticipada resultan en una cinta de acción y efectos especiales con bastante más que acción y efectos especiales, pues aparte tiene humor irónico y pocas de esas escenas y momentos predecibles que pululan en el cine comercial de consumo masivo. Para verla más de una vez.

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