Polarización
Aunque no es nada nueva, los actuales tiempos están marcados por la polarización política, y por tanto convendría averiguar un poco acerca de los orígenes y los sustentos conceptuales de ese modo de concepción y actuación, porque en realidad se trata de toda una forma de ver el mundo.

En su sentido más profundo, la polarización no podría ser posible si no existiera una separación entre lo que yo considero como mío —en términos amplios, mi persona, mi familia (“los míos”), mi entorno cercano, mis propiedades, mis valores, mis creencias, y nociones similares— y “los otros”, que pudieran incluso estar físicamente muy cercanos, aunque en mi percepción sean extraños, ajenos o hasta enemigos. Ellos no son especiales; yo sí lo soy.
En el largo proceso civilizatorio, diversas sociedades han ideado esquemas morales que incluyen el cuidado y la consideración por los otros, y como mínimos ejemplos se pueden citar el dictado bíblico “Amarás a tu prójimo como a ti mismo: Yo, Jehová” (Levítico 19:18), o el concepto (¡y la práctica!) de la compasión budista, entendida ésta como el deseo de que los demás estén libres del sufrimiento y de las causas del sufrimiento, además de lo que cada individuo pueda o deba hacer al respecto en forma operativa y cotidiana. El Salmo 133 inicia con esta frase: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” Después, la frase del dramaturgo romano clásico Publio Terencio es contundente: ″Soy un hombre y nada de lo humano me es ajeno″.
En el mismo sentido, un momento clave del desarrollo humano y social lo constituyó el lema Liberté, Égalité, Fraternité: “Libertad, igualdad, fraternidad” enarbolado por los militantes de la Revolución francesa de 1789 en su revuelta contra la monarquía que consideraba a “los otros” como de menor valor, lo cual había estado ocurriendo a lo largo de toda la historia de la humanidad, y que tampoco por este movimiento dejaría graciosamente de existir. Antes bien, la naciente Revolución Industrial básicamente trasladaría esas enormes desigualdades en valor humano hacia los ámbitos económico y social, llevando a pensadores, humanistas, economistas y luchadores sociales a buscar otros caminos para reducirlas.
Por otro lado, el sistema social de división en clases mantuvo una sólida presencia en la América precolombina, y uno de sus mayores ejemplos lo tenemos en el sistema imperialista de los aztecas. “La sociedad azteca puede caracterizarse como un sistema de clases para subrayar la existencia de un grupo dominante y otro dominado, con desigual acceso al poder y a la riqueza […] donde se diferenciaba una nobleza por linaje o nacimiento del resto de la población. Los nobles, llamados en náhuatl pipiltin (en singular pilli) se reservaban una serie de prerrogativas económicas, políticas y sociales de privilegio, que le estaban vedadas al común del pueblo, integrado por los macehualtin (en singular macehualli), cuya función era fundamentalmente productiva” (Santamarina, 2005: 76).
La muy extensa etapa histórica de la esclavitud —que obviamente no puede sino basarse en la concepción de que definitivamente no somos iguales— terminó en América con el bando de Miguel Hidalgo, expedido en Guadalajara el 6 de diciembre de 1810, en el que se ordenaba a los dueños de esclavos “los pongan en libertad, otorgándoles las necesarias Escrituras de Alahorria con las inserciones acostumbradas, para que puedan tratar y contratar, comparecer en juicio, otorgar testamentos, codicilos y ejecutar las demás cosas que ejecutan y hacen las personas libres; y no lo haciendo así los citados dueños de esclavos y esclavas, sufrirán irremisiblemente la pena capital, confiscación de todos sus bienes” (Bando, 1810: 1).
Sin embargo, en la creciente potencia del norte, no fue sino hasta el 1º de enero de 1863 que el presidente Abraham Lincoln emitió la Proclamación de emancipación de esclavos, en medio de la Guerra Civil, aunque más como un medio de debilitamiento de las fuerzas Confederadas —contrarias al ejército de la Unión— que como una abolición, pues de hecho no prohibía la esclavitud en los estados del noreste donde ya existía. Más aún, Lincoln les expresó que “Ustedes y nosotros somos razas diferentes. Tenemos entre nosotros la mayor diferencia que existe entre prácticamente cualquier raza. No necesito discutir si es correcto o incorrecto, pero esta diferencia física es una gran desventaja para ambos. Su raza sufre mucho, en parte por vivir entre nosotros, mientras que la nuestra sufre con su presencia. En pocas palabras, sufrimos de ambos lados” (NYT, 2019).
Una de las expresiones más notorias y decisivas de la lucha organizada contra la desigualdad y la opresión fue, por supuesto, la enmarcada por el Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, publicado en 1848, que daría paso a la mayor y más acelerada transformación social de la historia. El Manifiesto indica que “La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario. Dondequiera que ha conquistado el poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas; ha desgarrado sin piedad las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus ‘superiores naturales’ ” (Marx, 1848: 35), pero al costo de que “ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio”. La frase final sería una especie de motor histórico durante casi siglo y medio: “Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”… hasta que la desaparición formal de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el 26 de diciembre de 1991, mostró que las cosas siguen siendo mucho más complejas. Por supuesto que este asunto de las diferencias y desigualdades entre “nosotros y ustedes” tampoco terminó con el simplificador “Fin de la historia” enunciado por el estadounidense Francis Fukuyama en 1992, pues nada indica que la dinámica social y humana haya alcanzado algún punto de tranquilidad o reposo.
Volviendo al ámbito del pensamiento “puro”, poco después de la Primera Guerra Mundial el filósofo Martin Buber escribe en su libro Yo y Tú los siguientes pasajes: “Para el hombre el mundo tiene dos aspectos, en conformidad con su propia doble actitud ante él. La actitud del hombre es doble en conformidad con la dualidad de las palabras fundamentales que pronuncia […] Una de estas palabras primordiales es el par de vocablos Yo-Tú […] Las palabras primordiales no significan cosas, sino que indican relaciones” (Buber, 1923: 1). Y sí, desde una perspectiva filosófica, la polarización tal vez podría entenderse desde las relaciones entre yo y los que no son yo: ¿somos en principio equivalentes, o hay diferencias de fondo?
El hecho más que abrumador es que la historia está llena de ejemplos de lo contrario de una visión de relaciones paritarias: los otros como enemigos por el mero hecho de no ser de “los míos”, sea esto en términos personales, comunitarios o hasta nacionales, y en modalidades que van desde lo meramente contemplativo hasta los intentos formales de acabar con las razas “inferiores”, pasando por las mucho más civilizadas diferenciaciones políticas o electorales, como se expondrá más adelante. Esta separación suele, además, ir acompañada de una cierta noción o sentimiento (o a veces hasta una certidumbre) de que yo soy especial o pertenezco a un grupo distinguido por alguna causa “superior”. Un ejemplo preciso se encuentra en la actual versión de la Yihad, la guerra santa islámica que, no obstante no haber sido enunciada en el Corán con ese propósito, lleva decenios dinamitando —en un sentido literal— a “los infieles”.
Cuando la polarización se convierte en una función del Estado las cosas pueden llegar a extremos inimaginables, como en el caso del surgimiento primero del fascismo italiano en los años 30 del Siglo XX —con la misión declarada de recuperar las grandezas del Imperio Romano— y luego con el ascenso y triunfo del nazismo, cobijado por toda una mitología de Estado que incluso llegó a estipular leyes raciales para determinar mediante una metodología precisa si un individuo pertenecía o no a la “raza superior”. De allí al explícito cometido de eliminar físicamente a los impuros hubo sólo un paso, que el Tercer Reich emprendió con la indiferencia, complacencia o clara colaboración de enormes sectores de la población.
Luego de los más de 60 millones de muertos causados por la Segunda Guerra Mundial, el mundo pareció recapacitar un tanto y emitió la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”, que comienza con esta inequívoca declaración de igualdad: “Art. 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (ONU, 1948: 1).
Horrores semejantes al Holocausto no han faltado en la historia reciente del mundo, y en forma terrible en más de una región ha habido episodios nacionales de tipo genocida (el Khmer Rojo en Camboya en 1975-79, hutus vs tutsis en Ruanda en 1994) con cientos de miles o más de personas masacradas en nombre de algún tipo de superioridad declarada o inferida, decididamente alentada o directamente conducida por autoridades civiles o religiosas.
En la actualidad, algunas de las polarizaciones emanadas de la pertenencia a grupos o sectas se han atemperado, mutando hacia formas más “civilizadas” de distinción entre nosotros y ustedes: nosotros tenemos un líder preclaro que sabe hacia dónde dirigirnos; nosotros tenemos fe ciega en el gobernante que nos defenderá ante los corruptos, los neoliberales, los explotadores, y que a la par nos hace sentirnos especiales o conectados con nuestro pasado glorioso; nosotros elegimos al carismático presidente con el que volveremos a ser grandes; nosotros creemos en ése quien nos dice que resolverá los problemas por virtud de su mera llegada, y que expulsará a los inmigrantes o les impedirá que nos roben lo nuestro, etcétera.
La creciente polarización —afortunadamente por lo pronto sólo en el terreno de la política electoral— sin duda se debe a la reducción de la confianza en la democracia liberal y al consecuente renacimiento del populismo y del autoritarismo demagógico en muchos países (incluido México). ¿Esta situación tendrá remedio? ¿Se podrá revertir? ¿Qué podríamos hacer para lograrlo?
Buber, Martin. (1923), Yo y Tú, Buenos Aires: Nueva Visión.
Bando. (1810), “Primer Bando de Miguel Hidalgo Aboliendo la Esclavitud“
Marx, Karl y Federico Engels. (1848), Manifiesto del Partido Comunista, Pekín, Ediciones en lenguas extranjeras.
NYT. (219), https://www.nytimes.com/interactive/2019/08/14/magazine/black-history-american-democracy.html
Organización de las Naciones Unidas. (1948), https://www.un.org/es/universal-declaration-human-rights.
Santamarina, Carlos. (2005), El sistema de dominación azteca: el imperio tepaneca, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid.


